27.9.11

Cuento: En la estancia

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Augusto Rojas Gasco

A Chota, mi tierra. A su naturaleza y a su historia:
una mágica combinación de hermosura y valor



      El fuete se estrelló en su cuerpo como un fogonazo que lo arrojó del caballo y lo aplastó contra el suelo, y todo fue un ataque de pánico y un dolor de carnes y huesos que lo ofuscaron, hasta el punto de que no atina sino a revolcarse, a intentar escapar arrastrándose, a escudarse con los brazos al divisar que su agresor tras apearse de su cabalgadura se impulsa para patearlo, a dar alaridos cuando el golpe en el estómago lo dobla de dolor y un segundo puntapié en el pecho lo deja tendido boca abajo sobre el suelo. Sobre ese suelo de tierra apisonada donde su verdugo lo deja, con el fin de retornar a su caballo, sacar de la alforja una botella de aguardiente y beber del gollete. Y donde él, mientras tanto, atormentado por el dolor, se abandona para, aprovechando ese respiro, recuperarse aunque sea un poco, y al mismo tiempo para decidir cómo enfrentará a su enemigo, porque de todos modos tendrá que enfrentarlo. Pero no tiene tiempo de nada: un griterío lo sobresalta. Es el barullo de los invitados a la yunza y de los músicos, que han venido de diversos puntos de la explanada y han formado un ruedo alrededor de él y del bandolero.

—Es el cholo Eustaquio.

—Sí. Veinte años en la cárcel lo han envejecido

—No aguantará. Está acabado.

      Él sólo logra captar el mensaje mal agüero de algunos de esos chillidos; pero pronto se olvida de ese bullicio y se concentra en sus propias cavilaciones y temores que lo asaltan a la vista, no ya de los asistentes a la yunza, sino de ese cholo alto, joven, fuerte, colorado, de ojos zarcos, con el carrillo abultado por una bola de cal y coca, con una botella de aguardiente en la mano, que lo está mirando burlonamente y se dirige a él con insultos, y que en cualquier momento lo embestirá otra vez. Sólo esos pensamientos lo atormentan. Pero, a poco desde el pretil de la casa le llega un grito, una voz chillona que azuza al bandido.

— Zarco… ¿Qué esperas para matar a ese indio miserable?… ¡Acábalo de una vez!… ¡Qué esperas!

      No necesita divisarla para saber quién es. Es doña Santos, la dueña de esa estancia pequeña, con su casa de adobe y techo de tejas; con su tienda; con eucaliptos, sauces y moras, bordeando la explanada; con el árbol de la yunza al centro, y más a la derecha la chacra; y a la izquierda el maguey, la acequia y la pirca del camino. Es la viuda sin hijos, la mujer que tiempo atrás había perdido la piedad por los demás. Le conoce la voz, porque cuando era el bandido más temido, y no el viejo de ahora, ella lo había recibido con afecto; y porque la había escuchado no hacía mucho, cuando tras detener su marcha hacia la chacra que había heredado de sus padres, cometió el desatino de entrar en la estancia para proveerse de víveres.

— ¡Lárgate! —le había gritado ella al reconocerlo, antes de que desmonte—. ¡Si vuelves, te echaré los perros, indio maldito!

      Y él, que no buscaba problemas, había doblado el pescuezo de su caballo para salir y continuar su camino, cuando de pronto entraron los bandoleros como demonios, con el poncho arremangado sobre el hombro, el sombrero a la pedrada, empuñando fusiles máuser, con machetes y puñales sujetos a la cintura; y el cabecilla de éstos, el zarco, apenas lo avistó le asestó a bocajarro el fuetazo. Esa quemazón que, con fuete de cuero trenzado, le había abierto la piel, lo había arrojado de su cabalgadura y había empezado el suplicio que lo tiene ahora casi muerto en el suelo.

      Por eso no necesita verla para saber quien es. Sólo le preocupa el efecto que sus palabras desaten en el bandido, porque se da cuenta de que ella conoce a éste. Además, sabe de sobra que en la tienda de ella se abastecen todos los forajidos y por eso la respetan.

—Zarco... ¿Qué te pasa?... Qué esperas para matar a ese indio... ¿Qué te pasa?... ¡Mátalo de una vez...! ¡Qué esperas!… ¿Acaso le tienes miedo?

—Ya la escuché, patroncita —le responde el bandido, mientras hacía chasquear el fuete—. No se apure, patrona, aguántese, que a éste lo mato a poquitos... Para que sirva de escarmiento, carajo... Para que todos sepan quién mató al cholo Eustaquio... Pero no lo voy a matar con arma, ni a golpes... Lo voy a matar a rebencazos, como a perro sarnoso, carajo... Y tú, mi amigo —se dirige ahora con sorna a Eustaquio—: Te hemos seguido desde que llegaste de la cárcel de Cajamarca... En el pueblo les decía a mis muchachos que te íbamos a agarrar en la estancia de doña Santos, y ya ves... te atrapé, carajo... Y nadie dirá que maté a un viejo indefenso, porque aquí todos dicen que eres el criminal más temido, jijuna... Mejor te hubiera ido en la cárcel de Cajamarca... Dejuro... Ahora te quiero ver... Te quiero ver, carajo, pidiendo perdón de rodillas... Orinándote en tus pantalones... Dejuro... Pidiendo que te mate, carajo,... Porque no vas a poder aguantar los rebencazos, viejo jijuna... ¡No vas a poder... no vas a aguantar, carajooo...!

      Él permanece en silencio. Con el corazón al galope. Asombrado escucha el ruido de esos latidos. Un ruido tan violento como el que hace el chasquido del fuete. Está viejo pero no tanto como aparenta; sin embargo, se siente más viejo y débil que nunca. Con el antebrazo comprueba que el puñal de treinta centímetros se encuentra colgando de su cadera, en su cinto. Arma que la usará en el momento oportuno. Mientras tanto debe aguantar. Pero, ¿podrá aguantar? No podrá aguantar ni siquiera los primeros latigazos. Ha querido cerrar los ojos, pero los ha abierto más, los ha agrandado para ver al bandido que levanta con ímpetu el fuete... y lo descarga. Un fuetazo. Dos. Tres. El bandido, furibundo, lo azota en aspa. Cuatro fuetazos. Cinco. La estancia comenzó a poblarse de gritos, de relinchos y ladridos. Seis fuetazos. Siete. Ocho. Nueve. No podrá aguantar. Cada fuetazo es una quemazón que le hace gritar y gemir, que lo empuja a brincos hacia el maguey, hacia la acequia. El cuerpo se le ha ido despellejando en tiras y pintando de sangre. Diez fuetazos. Once. Doce. Trece. Ahora comenzó a sentir dolores diferentes, desde más adentro. Ahora es cuando empezaron los quejidos para dentro; cuando, además, sintió que algo interno se le descolgaba, que le costaba trabajo respirar. Que se estaba muriendo. Pero es también, cuando él, de pronto, se incorpora como un rayo y ante el asombro de los presentes le asesta al bandido, sin darle tiempo ni para resollar, un puñetazo en la nariz, otro en el estómago y otro en el mentón. Derribándolo.

      Pero el zarco es cholo recio, se incorpora de un brinco y, olvidando el fuete que se le ha ido de la mano, acomete con puntapiés y puñetazos violentos. Golpes que a veces Eustaquio logra sortear rotando sobre sus talones, agachándose, pero que las más de las veces le sacuden la cabeza, le aplanan la nariz, le aplastan las orejas, los riñones, las canillas. Entonces, comprendiendo que por la velocidad de los golpes le es imposible contrarrestar a distancia el ataque, Eustaquio arremete con la cabeza gacha, a riesgo de que le partan los labios y los pómulos, y logra abracar al bandido por la cintura, fuertemente, haciéndolo trastabillar, y finalmente haciéndole, con una zancadilla, caer de culo. Oportunidad que aprovecha para martillarlo en el suelo con puntapiés en el estómago, en las orejas, en todo el cuerpo. Pero ocurre que el bandido, tras bloquear la última patada con una mano, coge con la otra la pierna que sirve de apoyo a Eustaquio y lo derriba, y enseguida se le abalanza, y con los brazos le enlaza el cuello y comienza a estrangularlo recostado sobre él. Eustaquio entonces siente que se asfixia como una gallina acogotada, y, como por más que pugna no puede librarse de ese nudo de acero, clava con rabia dos dedos en forma de horqueta en los ojos de su rival, consiguiendo que éste a tiempo que lanza un grito de dolor le quite los brazos. Lo que sí no pudo evitar Eustaquio fue que el bandido, en su desesperación y como único recurso, le planche el pecho con la suela de su bota y lo lance rodando unos metros.

      Luego hubo una tregua. Eustaquio no bien se detuvo, se sentó y, resollando, empezó a limpiarse con el poncho la sangre que le fluía de la nariz y de los labios, en tanto que el zarco, con el rostro también ensangrentado, se restregaba los ojos y echaba maldiciones. Pausa que ambos, cansados y adoloridos como estaban, hacen durar más de lo previsto, a pesar de que los invitados les reclaman reanudar la pelea, y de que doña Santos fustiga sin misericordia al bandido, exigiéndole a gritos que liquide de una vez por todas al cholo. Tregua que pudo durar más todavía, de no haber sido porque de pronto uno de los secuaces del Zarco, desde su montura, le arroja a éste un machete que casi le cae en las manos. Eustaquio entonces, advirtiendo esa maniobra, se incorpora rápidamente, se despoja del poncho y dirige la diestra hacia la cintura y saca el puñal; pero no puede usarlo, porque, viendo que el zarco se encontraba a un palmo ya de él, con el machete en descenso, salta ágilmente hacia un costado para esquivar la hoja. Luego brinca otra vez para evitar un segundo machetazo. Lo mismo, ante un tercer machetazo. La rapidez con que el zarco blande el arma obliga a Eustaquio a retroceder a brincos, a la espera de que su rival, por el cansancio, afloje su ataque y le ofrezca un flanco descuidado por donde hundir el puñal. Pero choca con la mesa del banquete, y esta vez con dificultad esquiva la hoja, que pasa y se estrella en el tablero con tal violencia, que lo raja, a la vez que hace saltar en pedazos la vajilla con su contenido. Cuando el bandido, más enfurecido por su desafortunado embate, se vuelve otra vez con el machete en alto, no puede bajarlo, porque Eustaquio con la zurda rápidamente le aprehende la mano, a la par que con la diestra le envía el puñal de abajo arriba. Pero el zarco, a su vez, con increíble habilidad captura la mano con el puñal antes de que éste penetre en su cuerpo. Se produce entonces un forcejeo. Ambos contienen la mano del otro, la mano con el arma, al mismo tiempo que se aplican rodillazos, y cabezazos. Enredo que es breve, porque en un descuido del zarco, el cholo hace fintas de cintura, y se zafa, y enviando el puñal velozmente hacia atrás lo hunde en el brazo izquierdo de su rival, y enseguida se vuelve para embestir nuevamente, pero, el zarco, advertido, recula el pie derecho, ladea el cuerpo, y a la par que sortea al cholo le descarga un machetazo feroz en las costillas.

      Cuando Eustaquio cae ya entraba la noche y del cielo encapotado se precipitaba un aguacero de diluvio. En tanto que no muy lejos, por los cerros, empezaron a sentirse los rayos, los truenos y los relámpagos. Sólo entonces Eustaquio comenzó a oír el bramido del Río Chotano, que probablemente a esa hora arrastraba árboles, lodo, o algún animal muerto. Sólo en ese momento, también, atisbó la dolorosa herida que sangraba; una herida que, habiendo el machete tajado su camisa de lino y penetrado por debajo de la axila, le permitía ver parte de sus costillas. Pero el cholo tiene el alma bien puesta. No siente miedo ni desesperación, sino rabia de estar viejo, y también deseos de reposar apaciblemente bajo ese aguacero, sobre ese suelo de piedrecillas y lodo. De buena gana se hubiera abandonado allí, esperando a que su enemigo lo remate; pero el deseo que súbitamente le asaltó de vivir, de pasar los últimos años de su vida en la chacra de sus padres, rodeado de nostalgias y de paz, le hizo cambiar de parecer. Entonces fue cuando el cholo, a la vez que lanza un grito estremecedor, haciendo un esfuerzo sobrehumano se incorpora como un loco, y voltea con el puñal para embestir al zarco, pero es también cuando éste, que está parado detrás de él con el machete en alto, le descarga un feroz tajo, y enseguida, desdeñando el «crac» de hueso partido y el gemido ronco, se endereza y eleva otra vez rápido la hoja a fin de asestarle un segundo tajo, el machetazo definitivo. Pero el cholo, con una rapidez del demonio, con un movimiento que nadie vio, le hundió el puñal en la boca del estómago de abajo arriba, con tal contundencia que el bandido cayó fulminado. Casi enseguida cayó Eustaquio. Ambos quedaron en un lodazal enrojecido, tiesos, remojándose en el aguacero infernal.



Tomado del libro "Ayaymama y los cuentos ganadores y finalistas de la XVI Bienal de Cuento «Premio Copé Internacional 2010». Ediciones PETROPERÚ

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