14.1.11

La navidad de mis tiempos

 

Segundo Rojas Gasco

 

 

Al recordar las navidades que pasé en mi querida Chota, lo primero que se me viene a la memoria son LOS NACIMIENTOS, en especial el de mi tío Porfirio Rojas Barboza. Nacimiento organizado y dirigido en todos sus detalles por mi abuela, la señora Carmen Barboza, a quien, por cariño y respeto, la llamábamos Mamita Carmen.

Desde el primero de diciembre los nietos comenzábamos a desempolvar, después de un año, las cajas donde estaban los juguetes con los que se adornaba el nacimiento: casitas de cartón y madera, de variados tamaños y colores; diversos animales de material plástico, estrellas, campesinos; también ovejas y borregos de yesca, tallados por mis primos, los más crecidos, éstos les habían colocado las cuatro patas de madera y cubierto el cuerpo con lana o algodón. Una caja especial contenía los Reyes Magos y los ángeles.

San José, la Virgen María y el Niño Jesús no habían sido guardados, permanecían – junto a una gran variedad de estampas de santos, vírgenes y cruces- en una mesa donde todos los días mi abuela les rezaba.

Había también guardados en una cajita algunos pañales de castilla pequeñitos para ponerlos al Niño Jesús. En ésta tarea eran verdaderas maestras mis primas Petronila (Peta) y Carmen Estela Rojas, y también Yolanda y Chabuca Rojas, quienes además iban remozando algunos objetos, hasta que quedaran bien presentables, esperando sólo el visto bueno de Mamita Carmen.

Al día siguiente un grupo familiar, presidido, naturalmente, por la abuela Carmen, salía hacia algunos lugares algo distantes a recoger plantas especiales para colocar en el nacimiento, puesto que éstas no se encontraban en la campiña alrededor de la ciudad, y así tenían que ir por el río San Mateo, y aún más lejos, hasta Rambrán, para conseguirlas. Entre esas plantas se encontraban los tuyos, las shapras, salvajes (parecidos al cochayuyo), pipingos, algas, siemprevivas (flor de color lila), ramas de romero (para el tendido de los pañales del Niño Jesús).

Paralelamente a esa actividad, mis primos Demetrio Estela y Lucho Rojas, en la casa del tío Porfirio, en el salón destinado al nacimiento, clavaban tablas, cajones, maderas, para el armazón del nacimiento. Ellos tenían que distribuir bien los espacios del cerro-nacimiento, y así ubicar el pesebre en el lugar preciso y también representar adecuadamente los accidentes del terrero.

Y todo esto porque la abuela sabía que el pesebre debía quedar según lo enunciado por la Biblia y los preceptos católicos, es decir, con la Virgen, San José, los Reyes Magos y el Niño Jesús, y cada uno en su lugar. Felizmente, mis primos fieles devotos, trabajaban con diligencia y cuidado.

Luego que terminaban el armazón procedían a cubrirlo con papel de bolsas de azúcar, pintadas de color marrón y verde, de acuerdo con el terreno que iban a representar; quedando al final, una miniatura de cerro cuya punta estaba en la esquina del techo del salón.

- Ya está, ya está, está lindo el nacimiento –Recuerdo que decía Demetrio a Lucho, mientras miraba de un lado a otro el armazón, buscando el equilibrio de distancias y aproximaciones (en esto mis primos eran unos verdaderos arquitectos).

Una vez que la abuela Carmen daba el visto bueno a esta tarea de inmediato ordenaba: “a vestir el nacimiento”. Entonces se colocaba, primero, cada adorno en su lugar y, finalmente, se situaba al Niño Jesús, a San José, a la Virgen María, al ángel, a los Reyes Magos. Toda esta labor era amenizada con comentarios, recuerdos, comida y, las personas mayores se tomaban una copa de vino y otra de aguardiente; es decir era todo un acontecimiento familiar y religioso, que venía de muchas generaciones atrás, de la familia Rojas.

Los vecinos, por su parte, daban una mirada a nuestra obra y se pasaban la voz manifestando su orgullo por nuestro nacimiento, ya que era el único del barrio, y competía con otros construidos en diversas partes de la ciudad.

Y como ya todo estaba listo, la euforia vecinal ansiaba la llegada de la primera novena. Y cuando por fin llegaba la noche esperada, los novenantes prendían las velas y los sahumerios, con el salón recién pintado, para darle el olor y la presencia de un lugar sagrado. Entonces se esperaba solamente que la abuela Carmen llegara, porque sin ella nada se podía adelantar, y porque ella era la rezadora.

De pronto, a las siete en punto de la noche, aparecía la figura de la abuela Carmen, vestida con una falda negra larga, hasta los tobillos, y cubriéndole la espalda un pañolón también negro; la acompañaba mi prima Peta que traía en sus manos una canastita de carrizo, con los lentes de la abuela, el rosario, el novenario respectivo y las estampitas.

Entonces comenzaba el rezo. Una a una iban pasando las bolitas del rosario por las yemas de los dedos de la abuela Carmen; y los novenantes haciendo coro, dale y dale con los padrenuestros y Avemarías. Algunos, cabeceando por el cansancio, solamente acompañaban en el coro:

Miserenovis

Ora por novis

Yo también repetía, miserenovis, ora por novis, sin saber el significado, y confieso que hasta ahora no lo sé. Lo que sí recuerdo es que los curas en aquellos años, decían la misa en latín, y la abuela Carmen había aprendido algo de ellos.

Hasta que al terminar el rezo la abuela hacía una señal para que todos cantemos el Dulce Jesús Mío, que despertaba a los que estaban cabeceando, porque después venía el esperado cafecito:

Dulce Jesús Mío

Mi niño adorado

Venga a nuestras almas…

Los asistentes levantaban sus caronas y luego se sentaban en las bancas a la espera del cafecito, el cual, según el novenante, era regular, bueno, o muy bueno; y que consistía en una taza de café caliente, un plato con bizcocho, panecitos, turcas, pasteles, rosquitas, queso, tamalitos de achira. Repito, la cantidad y calidad, dependía de los bolsillos del novenante; a los adultos les daban además su copita de vino, o de aguardiente.

En la hora del cafecito, por otro lado, como en toda reunión de “conocidos”, aparte de tomar café, se originaba la tertulia, y hasta al “raje” severo.

Aquí quiero hacer un paréntesis para contarles una ocurrencia en la hora del cafecito: mi compañero de estudios del colegio San Juan, Antonio (Piche) Ruiz, era vecino de mi abuela y algunas noches, por el frío, dormía temprano, pero se despertaba justo cuando en el rezo cantaban el Dulce Jesús Mío; entonces Antonio, al oír la canción se levantaba, medio medio, se restregaba los ojos y corría y se sentaba, en el piso a lado de la puerta de entrada y llegaba a entonar la última frase del Dulce Jesús Mío, esperando que le llegue su cafecito.

Algunas veces le “ligaba”, entonces satisfecho, bien comido regresaba a continuar el sueño; pero en una oportunidad la abuela Carmen volteó la cabeza y por sobre sus lentes vio a Antonio que recién llegaba, entonces, a la hora de repartir el café, dijo, señalándolo: “Al Antonio no le den café, acaba de llegar”. Antonio regresó esa vez a su casa con el estómago vacío.

Aprovecho este espacio para saludar a mi condiscípulo del San Juan, Antonio Ruiz Rodríguez, que vive en Chiclayo y está totalmente dedicado a la religión católica, camina con un crucifijo grande en el pecho, dedicado a ayudar a las familias pobres de Chiclayo. Antonio, mis felicitaciones, un abrazo de tu compañero que te recuerda con cariño.

¿Y después de terminar el café, que pasaba? Disculpen ustedes que les conteste con lo mismo: “según el novenante”; porque según él allí terminaba todo, o allí comenzaba el baile, que se realizaba en el segundo piso, en los altos, que era espacioso para bailar. De acuerdo con eso, los muchachos decían “calabaza, calabaza, cada uno a su casa”, o “ligerito ligerito que comienza el bailecito”.

¿Y cuál era la música, y el conjunto musical, o medio que se utilizaba para el baile?

1. La banda de quenas. Conjunto típico de músicos, en el que, dos tocan las quenas, uno el bombo, otro el redoblante, y a veces otro que toca el triángulo.

Recuerdo que en una ocasión llegó el “Amor Mío”, que era un músico de un distrito lejano de Chota y que venía a esta ciudad en pocas oportunidades. Recibió el calificativo de “amor mío”, porque era la tonada que siempre lo repetía y le gustaba mucho cantar y tocar. Con la mano izquierda agarraba un tamborcito y con la derecha una baqueta de madera con la cual golpeaba el tamborcito acompasadamente, tun tun, tun tun, tun tun, cantando:

Ay amor mío, amor mió

Tun tun, tun tun,

Por qué tú quieres dejarme, dejarmé

Tun tun, tun tun

sabiendo que vivo, que vivó

Tun tun, tun tun

sólo pa´ quererte, quererté

Tun tun, tun tun

“El amor mío” en medio del fragor del zapateo dejaba de cantar, y de inmediato tocaba su flauta típica con la mano derecha, mientras que con la izquierda se ingeniaba para tocar el tamborcito con la baqueta, tun tun, tun tun, lo cual alegraba mucho más a los bailarines y el resto de novenantes aplaudían con mucha alegría.

2. La vitrola (RCA Víctor). Era un equipo de música hermano mayor de los tocadiscos y de parecido funcionamiento. La vitrola que conocí en el nacimiento de tío Porfirio tenía un logotipo que era un perro sentado con la oreja al lado de un parlante de forma de un florón de tuba, que significaba que hasta el perro sentía placer escuchando la música de la vitrola RCA.

La vitrola tenía, un plato metálico para colocar allí el disco de acetato de 33 revoluciones, accionado por una cuerda que se enrollaba mediante una manizuela. Tenía además en el otro extremo un brazo flexible metálico en cuyo extremo llevaba una especie de esfera en donde se ajustaba la aguja que recorría los surcos del disco de acetato y el sonido salía hacia un parlante en forma de tuba.

Las únicas canciones que recuerdo haber escuchado son: una conga llamada “Barrilito de cerveza”, y un huayno “peras, peras, agua chalpe, soltera vida chalaica” (una expresión aquechuada que no sabía que significaba, ni hasta ahora lo sé).

Recuerdo que en la primera noche del baile con vitrola estuve muy emocionado al ver a los jóvenes bailar tomados de la mano, ajustando él la cintura de ella. y ella cogiendo el hombro de él. Yo también quería bailar pero en ese entonces era niño, y lo único que hice fue aplaudir frenéticamente.

En ocasiones la música de la vitrola salía distorsionada, debido a que le faltaba cuerda o la aguja no tenía punta; entonces las parejas dejaban de bailar hasta que se dé cuerda al aparato o se cambie la aguja. Y esto ocurría a veces en el mejor momento del baile o del enamoramiento, entonces el asunto se enfriaba.

Así transcurrían las novenas, hasta que por fin llegábamos a la nochebuena, el 24 de diciembre, que era la más emotiva, bulliciosa y espectacular. La abuela nos preparaba para cantar los villancicos y representar a los pastores que llevaban las ofrendas y obsequios al Niño Jesús, era el momento de la adoración. El villancico que más recuerdo es éste:

Entre peña y peña

he visto una luz

porque allí ha nacido

el Niño Jesús.

 

Hermanitos míos

no me dan razón

a dónde es la casa

de la adoración.

 

Corona te traigo

de junco marino

recíbeme Niño

en tu feliz camino.

 

Niño Manuelito

no te traigo nada

porque la venada

me ha dejado pelada

 

Señora Santana

por qué llora el Niño

por una manzana

que se le ha perdido.

No llores por una

yo te daré dos

una para el niño

y otra para vos.

 

Adiós niño lindo

adiós niño amado

ya vamos contentos

por haberte hallado

 

Y así, mientras se cantaba los villancicos, los novenantes y otros vecinos adoraban al niño y dejaban su regalo que consistía en velas, rosario, etc., cosas pequeñas.

La abuela un año, escogió a mi hermano Tito cuando él tenía 8 años de edad, para que representara a un cazador. Entonces mis primos mayores, disfrazaron a mi hermano de cazador, con su pantalón de lana, poncho, sombrero de junco y llanques, y una alforja en la que llevaba un conejo. Demetrio le dijo a mi hermano: entras al nacimiento cantando el villancico, sacas el conejo de la alforja y lo obsequias al Niño Jesús. Así lo hizo mi hermano, pero en el momento de obsequiar el conejo, el animalito saltó de la alforja y comenzó a correr por entre las piernas de los novenantes, quienes saltaban para no pisar al animal, produciéndose una gran risotada entre los asistentes. (Esta representación del cazador estaba a cargo de mi primo Lucho Rojas todos los años, hasta que éste desistió porque la última vez le robaron el sombrero). Acabada la adoración, íbamos a la misa del gallo en la iglesia.

Muy parecido era el programa de los rezos en otros nacimientos de Chota, por ejemplo, en el nacimiento de la señora Margarita Rivera, de don Pablo Roncal, de la señora Clara Sánchez Cerro, etc.

Pero el más comentado era el nacimiento de don Felipe Vásquez (Chiuche Vásquez) con el mayor perdón a Gilberto Vásquez, su hijo, a quien quiero y extraño mucho, porque con él no había penas, siempre estaba riéndose; nos tratábamos de compadres. Tengo una fotografía con él tomada en Cajamarca.

En todas las novenas del nacimiento de don Felipe Vásquez había baile. Pepe Villanueva y yo, siempre “caíamos” a la hora del cafecito, y don Felipe al vernos en la puerta decía:

- “Pasen jóvenes, ustedes son compañeros de mi Gilberto, pasen”.

Tomábamos cafecito, dábamos alegres bailecitos y regresábamos a estudiar en la casa de Pepe, porque eran días de exámenes finales.

Debo agregar que a veces grupos de jóvenes visitábamos los diversos nacimientos, mirando qué chicas había y, según la simpatía y belleza de ellas, nos quedábamos en tal o cual nacimiento. El grupo de nosotros era conocido y nos recibían con simpatía porque bailábamos regular, con pocos pisotones. Estaba integrado, entre otros, por:

- Pepe Villanueva

- Oscar Muñoz

- Jorge Coronado

- Gilberto Vásquez

- Segundo Rojas

- Jorge Sánchez (lora)

Debo agregar que en aquellos tiempos no se regalaban juguetes a los niños ni obsequios a los mayores. Recuerdo que el 25 de diciembre mi papá nos mandaba a saludar a la Mamita Carmen con una canastita larga de carrizo que contenía, empanadas, panecitos, galletas, queso, pasteles, tamalitos de achira. La abuelita entonces preparaba el chocolate y desayunábamos con ella. Al finalizar nos daba un beso y un abrazo, que era el mejor regalo para nosotros.

Por todo lo expuesto en este recordatorio, he comprendido que mis familiares eran personas alegres y correctas, y eso era suficiente para hacerle frente a la vida.

Finalmente diré que la última navidad que pasé allá en Chota, en 1952, como siempre junto a Pepe Villanueva, lo pasé muy bien, alegre. Fue, sin darme cuenta, una despedida, porque a los pocos días, el 29 de diciembre, a las 10 de la mañana, Pepe Villanueva, Víctor Saldaña y yo, partíamos de Chota, a los 17 años de edad, con un rumbo algo desconocido, a probar suerte, a luchar, a forjarnos un futuro mejor. Creo que logramos nuestro propósito, así como lo lograron todos los compañeros de mi promoción “Antenor Tantaleán Zorrilla”, 1952, del Colegio Nacional San Juan de Chota.

Lo hemos logrado con muestro sudor y con nuestra alegría. Suficiente, compañeros de mi promoción:

- Pura Alva Villalobos

- Lola Antón Moreno

- Dora González Díaz

- Jesús Bazán Lara

- † Irma Portocarrero Regalado

- Rosario Rivera

- Ana Verástegui García

- David Abanto Coronado

- Roger Bardales Benel

- Víctor Calderón Coronado

- Britaldo Campos Irigoin

- Alberto Linares Núñez

- † Segundo Marrufo Vásquez

- † Oscar Miranda Mejía

- † Oscar Muñoz Sánchez

- † Eduardo Mendoza Linares

- † Pedro Navarro Cieza

- Alberto Quispe

- Manuel Ribera Idrogo

- Segundo Rojas Gasco

- Maximiliano Romero Cieza

- Antonio Ruiz Rodríguez

- José Salazar Lira

- † Luis Sánchez Avendaño

- † Oscar Valencia Gálvez

- Jaime Villanueva Díaz

- José Villanueva Díaz

1 comentario:

Patricio Estela C dijo...

ESTA ES MI CHOTA , MI LINDA CHOTA DEL AYER.
LA CHOTA QUE SE NOS FUE Y DIO .... paso la de hoy.
MIS FELILICITACIONES POR TODO ESTE BRILLANTE TRABAJO CREO QUE ES UNA DE LAS POCAS FUENTES QUE TENEMOS Y SOBRE TODO GRACIAS POR DISPONERLOS MUY AMABLES

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